Heskan había llegado a la ciudad de Torun mas rápido de lo que
había previsto. Supuso que en un asentamiento que se dedicaba casi
exclusivamente a la minería podría alquilar la forja que necesitaba para
completar su trabajo. Por eso les sugirió a sus colegas, la dama Sariel y la hechicera
Naivara, reunirse en ese lugar. Hace unos meses que no veía a sus amigas y
extrañaba a las hermanas.
El trabajo, que tantas complicaciones le había traído, era
una espada y una daga muy especiales que Sariel le había encargado. Solo un
hábil herrero y un sumo sacerdote de Caedrus podían combinar la magia y el
metal de esa manera. El resultado era un arma que no solo era más ligera y
resistente que el resto, también era capaz de cortar sustancias que el hierro
no podía. Las complicaciones habían consistido en conseguir el raro metal con
el que estaban hechas, mitril, y encontrar el ritual específico para hacer ese
tipo de armas. A pesar del tiempo invertido, el sacerdote se sentía muy
orgulloso de su trabajo.
Una noche Heskan se encontraba en la posada de Torun leyendo
un viejo manuscrito y tomando una jarra de vino cuando le llamo la atención una
conversación que estaban teniendo unos pueblerinos. Aparentemente un grupo de
mineros habían desaparecido hace una semana, junto con los guardias que habían
ido a buscarlos. Cuando quiso averiguar más sobre el episodio, la puerta de la
posada se abrió y una vieja amiga entró al establecimiento. La recién llegada
usaba una armadura de placas, de un exquisito diseño, con una fina capa azul, una
espada larga y una daga en la cintura y un ostentoso casco que llevaba en la
mano. Sariel tenía treinta años, el físico de una guerrera, el pelo negro atado
muy corto y ojos marrones. Luego de revisar la posada, ubicó al sacerdote y se
acercó.
Cuando Sariel se acercó a su amigo notó que los años no
parecían afectar a Heskan. El sacerdote llevaba una corta túnica por arriba de
su armadura de mallas, de color azul con el símbolo de su dios en el pecho y en
la espalda, un triángulo adentro de un círculo. La cofia de mallas permitía ver
su pelo y barba desprolija de color anaranjado y sus ojos verdes. Tenía treinta
y dos años, y era más musculoso que la mayoría de los sacerdotes, gracias a su
trabajo con la forja. Llevaba un morral, un escudo y una maza.
-Al fin has llegado, amiga. Noté que estabas en las
cercanías del pueblo y traje lo que me encargaste- dijo el sacerdote mientras
desenvolvía una tela oscura donde estaban las armas.
-Son perfectas, gracias. Veo que usaste tu magia para saber dónde
estaba. ¿Sabes algo de mi hermana?- preguntó
la guerrera mientras se sentaba y se servía algo de vino.
-No, al parecer está atrasada, no creo que llegue hoy.
Espero que no le haya pasado nada malo.- respondió preocupado el sacerdote.
-No te preocupes. Estoy seguro que debe tener una muy buena
razón para no llegar a tiempo. Hace unas semanas la vi en Jeleneth. Me preguntó
por vos y dijo que estaba ansiosa de que llegue este día. Lamentablemente creo
que el encuentro tendrá que esperar. Antes de llegar aquí un guardia me pidió
ayuda para encontrar a unas personas desparecidas- explicó la guerrera mientras
reemplazaba sus viejas armas por las nuevas.
Mientras se dirigían al puesto de guardia Heskan le contó a Sariel
sobre la conversación que había escuchado en la posada. Al entrar al lugar
vieron a dos guardias conversando con un enorme guerrero. Este llevaba puesto una armadura de escamas y
tenía cerca un casco, un hacha enorme, un escudo redondo y una espada ancha en
su cintura. El hombre, que medía unos dos metros, tenía pelo rubio, una corta
barba y ojos azules. Aparte de su armadura estaba vestido con ropa de cuero y
una capa marrón. Sariel lo reconoció como un bárbaro de las mesetas Reknan por
las marcas tribales celestes en su cara y sus brazos.
El bárbaro se llamaba Fangrin. Había venido a visitar a su
viejo amigo Medrash, uno de los miembros de la guardia desaparecidos. Luego de
una breve conversación el trío decidió unir fuerzas e investigar lo ocurrido.
Pasaron por el mercado a comprar algunos suministros y partieron hacia la mina.
-No reconozco el símbolo de tu túnica Heskan. ¿A qué deidad
le rindes culto? Los sacerdotes de mi tribu suelen adorar a Artigol el
jardinero, Boreus el cazador y a Balmek el valiente, para que nos ayuden a
sobrevivir en las duras mesetas de Reknan.- Explicó Fangrin.
-Soy un sumo sacerdote de Caedrus. El Creador nos da a sus clérigos
la capacidad de crear, modificar, reparar o localizar a todas las cosas,
orgánicas e inorgánicas, hechas por él. Por supuesto que todo hasta cierto
límite. Entre los sacerdotes de los distintos dioses, nosotros somos conocidos
como sanadores y por nuestra capacidad de alterar las propiedades de las cosas-
Respondió Heskan.
-¿Y tú, Sariel, perteneces a la casa de los Anastriana, no?
Reconozco el símbolo en tu anillo. Lamento mucho lo ocurrido con tu familia- Dijo
Fangrin.
-Gracias Fangrin. Yo reconozco tu procedencia por tus
marcas- contestó la guerrera.
Al entrar a la mina descubrieron algunas herramientas de
minería y signos de lucha. No había cuerpos, pero al no ver muchos rastros de
sangre el grupo terminó asumiendo que la mayoría de los guardias de Torun
habían sido secuestrados. No encontraron ningún indicio sobre los atacantes. A
pedido de Heskan, el bárbaro le describió lo más detallado posible a Medrash.
No solo su cuerpo o su vestimenta, también su modo de ser, su historia y en
general las actitudes que lo hacían destacar del resto. Gracias a toda esa
información el sacerdote pudo a través de la magia divina detectar la ubicación
del guardia. Después de un trance que duro varios minutos les comunicó a sus
compañeros que Medrash se encontraba vivo y con buena salud, aunque se hallaba
en el interior de la montaña. Mientras buscaba al guardia, sintió algo muy
extraño en las proximidades, una “distorsión de la realidad”. Sin embargo
necesitaba investigar más sobre la situación para saber por qué podría haber
sucedido esto.
Mientras Heskan se encontraba en trance para localizar a
Medrash, los luchadores registraron detenidamente toda la mina y encontraron un
pasadizo escondido. Al no encontrar otra manera de ingresar a la montaña el trío
decidió encender unas antorchas y avanzar por el estrecho pasillo. El bárbaro
localizó algunas huellas en el polvo que se extendía por el suelo del pasaje. A
lado de las huellas humanas había unas más pequeñas, alguna clase de humanoide
que tenía largos pies terminados en garras. Luego de pensar por un tiempo qué
clase de ser dejaría esas huellas el sacerdote recordó a una raza de tímidos
humanoides llamados kobolds. Había escuchado de ellos mientras buscaba el
mitril. Habitaban bajo tierra y aunque a veces solían robar no acostumbraban a entrar
en conflicto con los humanos.
Luego de caminar una hora llegaron a una cámara
que daba a un túnel mucho más ancho. Cuando estuvieron a unos metros de salir
del lugar escucharon ruidos de pasos y una conversación en un idioma
desconocido, aunque el tono de voz les hizo suponer que se trataba de los kobolds.
Fangrin decidió salir a su encuentro confiando en que su apariencia los
intimidaría. Esa confianza casi lo mató. Al girar se encontró con cuatro
humanoides de un metro de estatura, con cola y una boca llena de dientes
filosos. Llevaban una tosca armadura de mallas y usaban lanzas y picos de
minería como armas. Los cinco tenían una runa en la frente.
El bárbaro lanzó un grito de guerra y atacó dando un círculo
con su hacha, pudiendo herir solo a uno. Los demás esquivaron el impacto y
respondieron con sus armas con una agilidad y una fuerza que no era propia de
su raza, logrando hacerle dos heridas al guerrero. Afortunadamente Sariel y
Heskan actuaron rápido. Mientras la guerrera descargaba una lluvia de ataques
sobre los kobolds, en un intento de llamar la atención de las criaturas y
cubrir la retirada de Fangrin, el sacerdote ayudaba a retroceder al bárbaro y
realizaba un hechizo de sanación. En cuanto el conjuro hizo efecto, Fangrin y
Heskan rápidamente se unieron al combate.
-Pensé que eran tímidos y débiles.- explicó Fangrin cuando
lograron vencer a sus oponentes.
-No deberías haberlos subestimado, nunca combatiste con un guerrero
kobold.- comentó Sariel.
-No me subestimes a mí. No me sorprendió su habilidad con
las armas, me asombró su fuerza, resistencia y agilidad.- respondió el bárbaro.
-¿Estas criaturas siempre tienen este símbolo en la frente?-
le preguntó Sariel a Heskan.
El sacerdote dijo que nunca había visto a un kobold así y
les explicó que se trataba de un símbolo escrito en lenguaje divino. Aunque ese
idioma era basto y ni siquiera los sacerdotes conocían todas las palabras,
Heskan pensaba que se trataba del nombre de alguien. Creía que significaba
“Akmenon”.
El pasillo bajaba y daba varias vueltas. Luego de caminar
más de dos horas llegaron a la entrada de una caverna enorme que contenía una
ciudad Kobold. Estaba formada por calles anchas y construcciones modestas de
piedra de uno o dos pisos. Extrañamente no encontraron guardias en la entrada
ni en ningún otro lado. A medida que bajaban por una empinada calle les llamaba
la atención que la mayoría de los edificios parecían estar vacíos. De vez en
cuando creían percibir
una sombra pero al acercarse no llegaban a ver a nadie.
En el centro de la ciudad vieron una residencia de varios
pisos, ligeramente más elegante que el resto. Al ingresar vieron a muchos
kobolds muertos. Algunos de ellos estaban vestidos como soldados, y otros un
poco más arreglados. A varios de estos cadáveres les faltaban partes, como si
algún ataque misterioso los hubiera reducido parcialmente a cenizas. Los
soldados habían sido despedazados con algún arma muy filosa. A medida que se
adentraban en el edificio se volvía más evidente que estaban en el palacio
real.
Cuando llegaron al salón del trono encontraron a casi dos docenas de kobolds
muertos, entre los que se encontraba el Rey. Heskan observó que ninguno de los
presentes tenía la marca en la frente. Mientras revisaban el salón notaron por una
ventana que en la calle, un pequeño grupo de kobolds, idénticos a los que se
habían enfrentado antes, llevaban a la fuerza a otro grupo, más sumiso, al
oeste de la ciudad. Apenas vio la situación Sariel empezó a bajar las escaleras
a toda velocidad, seguido por sus dos compañeros. Aunque no fueran humanos, la
dama no toleraba la tiranía. Prevenidos por el encuentro anterior los héroes no
tuvieron demasiadas dificultades para vencer al grupo de opresores.
Cuando los
cautivos retomaron su libertad, uno de ellos, un anciano, se acercó lento y
temeroso al trio. Al darse cuenta que eran incapaz de entender lo que el kobold
le decía, Heskan realizó un rápido hechizo. Su dios le concedió la capacidad de
entender a cualquier ser de la creación.
-Muchas gracias, valientes humanos, aunque me temo que esta
solución solo es temporal. La ciudad está condenada. El supremo sacerdote
Lotren invocó a la destructora.- explicó el anciano.
-¿Dices que invocó a Maeve? ¿Por qué haría algo así?
Cuéntame quizás podamos ayudar en algo.- respondió Heskan.
-Nuestro Señor quería convivir en paz con las criaturas de
la superficie. Lotren solo quería conquista y pensó que invocar a la diosa lo
ayudaría con sus planes. El pobre Rey fue el primero en morir.-
-¿Y dónde está Lotren ahora? ¿Sabes que ha pasado con los
humanos desaparecidos?-
-El sacerdote y los humanos están en el gran templo dedicado
a la destructora, al oeste de la ciudad. Si creen poder salvarlos apresúrense,
los deben estar convirtiendo ahora.-
Apenas les contó lo sucedido a sus compañeros, el grupo
empezó a moverse hacia el templo, enfrentado a pequeños grupos de Kobolds en el
camino.
-¿Crees que esa era la distorsión de la realidad que
notaste, Heskan? ¿Realmente este Lotren invocó a Maeve, la destructora? ¿Ella
habrá transformado a esos kobolds?- preguntó Sariel, claramente nerviosa.
-No te preocupes, es imposible que haya invocado a la diosa.
Estamos hablando de la esposa de Caedrus, los dos seres más poderosos de la
creación. No estoy seguro que se pueda invocar a un dios, pero lo que sí sé es
que eso requeriría a una gran cantidad de sacerdotes. Además yo hubiera sentido
su presencia estando tan cerca. Sin embargo la distorsión de la realidad
probablemente fue debido a que alguien convocó a un ser de otro mundo. Debemos
proceder con mucho cuidado.-
Al llegar al templo se vieron sorprendidos por la diferencia
con el resto de los edificios. El exterior era aún más lujoso que el palacio
real, con una larga escalinata, un techo sostenido por numerosas columnas e
imágenes de diversos episodios relacionados con la diosa en las paredes. Era
obvio que el edificio era anterior al resto de la ciudad y no había sido hecho
por los kobolds.
Antes de que los luchadores empezaran a subir las
escalinatas el sacerdote les pidió que no entren. Creía que Lotren podía estar
esperándolos y si los tomaban por sorpresa no podría protegerlos a todos de su
magia destructiva. Les dijo que permanecieran afuera hasta que él se los
indicara. A continuación lanzo unos hechizos sobre él mismo y entró al edificio
con su escudo y la maza irradiando una luz sagrada.
El templo estaba iluminado por cuatro grandes braceros de
hierro, que rodeaban una estatua de gran tamaño que representaba a la diosa,
una hermosa mujer vestida como una reina, sentada en un trono. En el salón
había muchos bancos bajos de piedra, imágenes similares a la de las paredes
exteriores y una pequeña biblioteca de madera con unos pocos libros y varios
pergaminos. Había tres grandes puertas, una en cada costado y otra atrás de la
estatua. En uno de los extremos más alejados del gran salón lo estaba esperando
Lotren, un kobold que vestía una túnica oscura y estaba armado con un bastón de
metal ornamentado. Apenas Heskan entró en la sala y se acercó a la estatua
recibió una esfera de energía oscura lanzada por su enemigo a través de su
bastón. Afortunadamente pudo desviarlo con su escudo. Si no hubiera lanzado un
hechizo protector, su escudo y probablemente su brazo se hubiera reducido a
cenizas. Lotren lanzó cuatro esferas más, que también fueron desviadas,
destrozando parte del templo en el proceso. Frustrado por su enemigo y viendo
cómo se acercaba con una maza que brillaba como si estuviera hecha de
electricidad, decidió lanzar su hechizo más poderoso. Lo apuntó con su bastón y
un gran rayo de energía oscura atacó a Heskan. Si bien el héroe aguantaba el hechizo
con su escudo, su magia se debilitaba ante el poder de su adversario. Paso a
paso llegó a arrinconar al enemigo contra una columna, golpeando al bastón con
su maza. El golpe hizo un sonido ensordecedor, como un trueno, quebrando el
báculo en dos. Un ataque más y Lotren cayó fulminado al suelo. Heskan se sentó
agotado por toda la magia empleada y llamó a sus compañeros.
Mientras la guerrera y el bárbaro recorrían el templo, el
sacerdote encontró un pergamino en la pequeña biblioteca que explicaba la
manera de invocar a uno de los servidores de Maeve, el demonio llamado Akmenon,
el corruptor. Luego de estudiar el pergamino le comentó al resto del grupo que
la criatura contaba con una fuerza y resistencia sobrehumana y la capacidad de
poder realizar un ritual que le permitía modificar a cualquier ser vivo en una
versión más fuerte, ágil y resistente. Esto llevaba varios días, pero luego la
criatura quedaba bajo el poder del demonio. No le asombraba que unas criaturas
tan débiles e ignorantes como los kobolds confundieran a un demonio con un
dios. Sariel le comentó a Heskan que la puerta de la izquierda era un depósito
que contenía algunos objetos sagrados y otros suministros y en la de la derecha
habían encontrado a una parte del grupo de mineros y soldados. Aunque no habían
podido abrir la puerta que se encontraba en el fondo del templo, ya que se
encontraba cerrada con llave, los sobrevivientes les habían comentado que era
allí a donde se encontraba Medrash y el resto de los guardias. Luego de
terminar de registrar el lugar Fangrin encontró la llave entre las pertenencias
de Lotren. Heskan ordenó a los cautivos que se mantengan alejados del peligro y
se reunió con sus compañeros para comentarles su plan.
-Debemos prepararnos para enfrentar al demonio. Lo mejor que
puedo hacer por ustedes es el ritual de fortalecimiento. Mejorará su cuerpo,
sus armas y armaduras. De esta manera tendrán una posibilidad contra este
enemigo. Deben saber que este efecto no durara mucho y que luego de mi
enfrentamiento con Lotren, este ritual es lo último que podré hacer por la
causa. Mi fuerza vital se consume luego de cada hechizo y los rituales usan
mucha energía.- explicó el sacerdote.
Heskan preparó el ritual santificando el lugar
con runas, velas e inciensos sagrados, mientras los guerreros empezaron a discutir qué
estrategia usar para acabar con Akmenon. Luego de varios minutos, en los que
los luchadores permanecían sentados mientras el sacerdote realizaba cánticos y
los bendecía con agua bendita, el ritual estuvo completo.
Mientras Heskan se reponía, Sariel y Fangrin usaron la llave
para ingresar a la puerta trasera del templo. Al atravesarla se encontraron en
una gran caverna, que si bien estaba iluminada por algunos braceros, el techo
era tan alto que permanecía en la oscuridad, así como las paredes más alejadas.
Lo que si podían ver era que el lugar se había usado para diversos rituales en
el pasado ya que vieron varios círculos místicos, runas, velas y pequeños
altares. En el fondo de la cueva lograron ver a los guardias que habían venido
a rescatar, sentados en círculo, en una especie de trance. Al no ver al demonio
por ninguna parte decidieron avanzar hacia los cautivos. Cuando estaban a la
mitad de camino, su enemigo cayó del techo. La criatura que les había cortado
el paso era un humanoide de tres metros de altura. Su cuerpo era oscuro como la
noche y duro como la roca. Tenía tres cabezas, cada una con cuatro ojos, una
corona y una corta barba. En cada uno de sus cuatro brazos llevaba espadas
cortas de aspecto siniestro. Caminaba con cuatro piernas y llevaba a modo de
armadura unas placas de un metal desconocido. Los guerreros se vieron obligados
a improvisar ya que no sabían que su enemigo tenía cuatro brazos con que
atacarlos. Sariel rápidamente se acercó lo más posible a Fangrin para evitar
que al demonio le fuera difícil atacar con sus cuatro armas a un solo oponente y
se dedicó a frenar las dos espadas que lo atacaban a él. Fangrin dejó su hacha
en el suelo y comenzó a parar los ataques con su escudo y poco a poco pudo golpear
con su espada a las manos de Akmenon, impidiendo de esta manera que el demonio
atacara con esas manos. Al notar esto la guerrera se movió rápidamente por
atrás del bárbaro para cambiar de lado y permitir que su compañero se encargue
de los restantes brazos. Al no tener que frenar ataques Sariel se dedicó a
cortar los dos brazos de su lado y luego se concentró en las piernas de la criatura.
Una espada normal no podría haber cortado a la criatura de esa manera, pero el
arma de Sariel distaban mucho de ser normal. Luego de una larga e intensa lucha
el demonio cayó de rodillas, permitiendo que Sariel acabe con él, atravesándole
el pecho al demonio con la espada.
Al finalizar el día, Heskan se había recuperado y la paz
volvía a reinar en la ciudad kobold.
Santiago Páez Montero
19/10/15